El monte que queda en el Gran Chaco
Marcelo Navall, ingeniero forestal y consultor en Manejo de Bosques Nativos del Gran Chaco, desde Santiago del Estero comparte en un artículo de su autoría sobre innovación, a partir de una aplicación gratuita para decidir, árbol por árbol, cómo aprovechar el bosque nativo sin agotarlo.
Quien recorre el Gran Chaco —esa enorme región de bosques que comparten Argentina, Paraguay, Bolivia y Brasil— se encuentra con un monte que, a primera vista, parece desordenado. No hay hileras ni árboles parejos: conviven plantines recién nacidos con ejemplares que llevan más de un siglo en pie, troncos delgados junto a otros que dos personas no alcanzan a abrazar, y varias especies en un mismo lugar.
A ese tipo de bosque, donde hay ejemplares de todos los tamaños y edades, lo llamamos “bosque irregular”. Y aunque parezca desprolijo, esa mezcla es su mayor riqueza. Un monte así protege el suelo, retiene el agua de las lluvias, da refugio y alimento a la fauna y puede seguir entregando madera, postes y leña por generaciones sin dejar de ser bosque.
El desafío aparece a la hora de aprovecharlo. Porque un bosque irregular no se cosecha de una sola vez, como un cultivo. Se maneja, cada cierto tiempo se cortan algunos árboles y se dejan la mayoría, de modo que el monte se renueve solo y conserve su forma. La pregunta que se hace el forestal parado frente al bosque es siempre la misma, y no es sencilla: ¿cuáles árboles corto y cuáles dejo?
Una decisión que define el futuro del bosque
En un bosque irregular sano, los árboles se reparten de una manera muy característica: hay muchísimos finitos, bastantes medianos y unos pocos grandes. Si uno los contara y los ordenara por grosor, dibujaría una escalera que baja: mucho abajo, poco arriba. Esa forma no es casualidad; es la firma de un bosque que se renueva, en el que los árboles jóvenes van creciendo y ocupando el lugar de los que se cosechan o mueren con los años. Mantener esa escalera es la clave para que el monte no se agote.
Por eso el buen manejo no consiste en entrar al bosque y llevarse los ejemplares más grandes y mejores —eso empobrece el bosque cosecha tras cosecha—, sino más bien en lo contrario: sacar los peor conformados, los enfermos o los que le hacen sombra a un árbol prometedor, y dejar en pie a los mejores para que sigan creciendo y produciendo semilla.
La regla, vieja y sabia, es “cortar lo peor y dejar lo mejor”. A eso se suma otra consideración importante: algunos árboles viejos, huecos o con nidos no sirven para madera, pero valen oro para la fauna, así que también conviene conservarlos.
Y hay un límite que no se puede pasar. Para que el bosque se recupere, en cada corta se retira solo una parte de lo que hay en pie. Los forestales medimos “cuánto monte hay” de una forma práctica: sumando el grosor de todos los troncos de una superficie.
En la experiencia que contaremos enseguida, la regla fue clara: dejar en pie al menos el 70% del bosque y no retirar más del 30%, respetando además esa proporción especie por especie, para no vaciar el monte de una a costa de otra. El problema, siempre, es cómo llevar esa regla a la práctica en pleno campo, árbol por árbol, sin pasarse.
El método de siempre y sus grietas
Durante décadas, la forma de hacerlo se dividió en pasos separados. Primero se entraba al bosque a medir una muestra de árboles, para estimar cuántos había de cada tamaño. Después, en el escritorio, con esos datos se calculaba cuántos ejemplares convenía cortar en cada grupo de grosor. Y recién entonces se volvía al monte, con esas cuentas en la mano, a marcar con pintura los árboles elegidos. El sistema funciona, pero tiene grietas.
Exige entrar dos veces al bosque, con el costo de tiempo y dinero que eso significa en zonas de difícil acceso. La muestra inicial siempre arrastra un margen de error. Y, sobre todo, las cuentas del escritorio se hacen mirando una sola variable —el grosor del tronco— y dejan afuera todo lo demás: la forma del árbol, su estado de salud, si tiene un nido, si le está tapando el sol a un ejemplar joven y sano. Justamente lo que el forestal ve con sus propios ojos cuando está parado frente al árbol, y que ninguna planilla previa puede anticipar.
Todo en una sola recorrida
La idea que dio origen a este trabajo fue simple de enunciar y difícil de lograr: ¿y si se pudiera hacer todo de una vez?. Es decir, recorrer el bosque una sola vez y, en esa misma pasada, ir registrando cada árbol, decidiendo en el momento si queda o se corta, marcándolo con pintura y —al mismo tiempo— controlando cuánto se lleva acumulado, para no pasarse del límite.
Para eso hacía falta que alguien hiciera las cuentas al instante, en pleno monte. Y ahí entró la tecnología. Se diseñó una planilla de cálculo para una tablet que, a medida que el asistente cantaba los árboles —es decir, los iba nombrando en voz alta, uno por uno, para que su compañero los registrara: “colorado, mediano, queda… blanco, grueso, se corta…”—, iba sumando y mostraba en todo momento qué porcentaje del bosque se había marcado para cortar, en total y por especie.
Con ese dato a la vista, la persona que marca puede corregir sobre la marcha: si nota que se está pasando con una especie, afloja; si le queda margen, aprovecha para sacar un árbol mal conformado.
Así, en una sola pasada, se hacen cuatro tareas que antes iban por separado: el inventario completo del bosque, la decisión sobre cada árbol, el control de la intensidad de la corta y la marcación. Sin volver a entrar, sin cuentas de escritorio, sin perder la información que solo se consigue estando ahí.
Cien hectáreas, dieciocho mil árboles
El método se puso a prueba en el Campo Experimental “La María”, del INTA, en Santiago del Estero, en un típico quebrachal chaqueño con quebracho colorado, quebracho blanco, mistol y algarrobo. Se trabajó sobre cien hectáreas, con un equipo de apenas dos personas: un técnico que registraba y hacía las cuentas, y un asistente que cantaba los árboles y los marcaba con pintura. Los números hablan por sí solos. Se registraron y clasificaron 18.036 árboles, uno por uno.
El equipo avanzó a un ritmo cercano a una hectárea por hora. Y —lo más contundente— al terminar, el bosque que quedó en pie se apartó apenas un 0,4% de lo planificado. Dicho de otro modo: se había propuesto dejar en pie el 70% del monte, y lo logró con una precisión notable, muy difícil de alcanzar con los métodos tradicionales.
Todo eso, además, a un costo perfectamente razonable para un productor o una empresa forestal. Esos resultados se presentaron en 2013 en dos congresos forestales, uno latinoamericano y otro argentino, y marcaron el punto de partida de algo más grande.
Del papel al monte: de una planilla a una app
Una cosa es que un método funcione en manos de quien lo inventó, y otra muy distinta es que cualquiera pueda usarlo. Para que la herramienta llegara a más gente, aquella planilla de cálculo se convirtió en una aplicación para teléfonos y tablets, que se publicó en forma gratuita en 2013. Tuvo una vida interesante: la descargaron forestales de Argentina, España, Chile, Colombia, Guatemala y otros países. Con el tiempo, como pasa con toda tecnología, quedó desactualizada y dejó de funcionar en los teléfonos modernos.
Pero la idea seguía siendo buena y la necesidad, vigente. Así nació Remanente: una versión completamente nueva, reconstruida desde cero con tecnología actual, que retoma aquel método probado y lo pone en el bolsillo de cualquier persona que maneje un monte. El nombre no es casual: remanente es, justamente, el bosque que queda en pie después de la corta. Todo el método gira alrededor de cuidar ese remanente.
Qué hace Remanente
Remanente acompaña al forestal en el monte y hace, en tiempo real, el trabajo que antes exigía escritorio y calculadora. A medida que se cargan los árboles, la aplicación dibuja al instante dos gráficos: uno muestra cómo se reparte el bosque según el grosor de los troncos —esa “escalera” que revela si el monte está sano— y otro muestra qué porción se está dejando y qué porción se está retirando, en total y especie por especie. Con esa información a la vista, cada decisión se toma con datos, en el momento justo.
Además, ubica cada árbol en un mapa gracias al GPS del teléfono, permite sacarle una foto y anotar si está enfermo, si tiene un nido o si presenta huecos. Funciona sin señal de internet, algo imprescindible en el monte, donde rara vez hay cobertura. Y al terminar, exporta toda la información a una planilla que se puede abrir en cualquier computadora.
Dos detalles la hacen especialmente amigable: está disponible en tres idiomas —español, inglés y portugués—, pensando tanto en el Gran Chaco como en cualquier bosque irregular del mundo; y es gratuita, se descarga desde la tienda de aplicaciones de los teléfonos Android buscando su nombre, “Remanente”.
Aunque nació para asistir la marcación de cortas, la herramienta sirve también para otras tareas: hacer un inventario del monte, mapear los mejores ejemplares de una zona o monitorear cómo evoluciona un bosque a lo largo del tiempo. Y no está pensada solo para el quebrachal chaqueño: cualquier bosque irregular del mundo —desde las selvas de otras regiones de América hasta los bosques de montaña de Europa— comparte esa misma estructura de escalera y puede manejarse con el mismo criterio.
Por eso la app está en tres idiomas y ya despierta interés más allá de nuestras fronteras. Hay algo más, quizás menos visible pero muy valioso.
Cada recorrida deja un registro: un mapa con la ubicación de cada árbol, sus fotos, su destino. Ese archivo se puede guardar, comparar con recorridas futuras y usar para demostrar, ante quien corresponda, que el aprovechamiento se hizo respetando la ley y cuidando el bosque.
En un tiempo en que se le exige cada vez más al manejo forestal —transparencia, trazabilidad, sustentabilidad—, tener esa información ordenada y a mano no es un lujo: es una ventaja.
Cuidar lo que queda
Detrás de todo esto hay una convicción. El buen manejo es la mejor garantía de que el monte siga en pie. Un bosque que produce, que da trabajo y beneficios a quien lo cuida, es un bosque que no se desmonta. El problema histórico fue que manejar bien un bosque irregular resultaba caro, lento y complicado, y por eso muchas veces se optaba por lo más fácil: cortar todo lo que superara cierto grosor, sin control, empobreciendo el monte de a poco.
El Gran Chaco es uno de los grandes bosques de América del Sur y, a la vez, uno de los más presionados: en las últimas décadas, buena parte de su superficie se transformó para otros usos.
En ese escenario, demostrar que el monte en pie puede ser rentable y productivo sin destruirlo deja de ser una cuestión meramente técnica para volverse una necesidad. Cada hectárea que se maneja bien es una hectárea que tiene una buena razón para seguir siendo bosque.
Remanente busca cambiar esa ecuación. Pone una metodología validada, que antes requería equipos y conocimientos especializados, al alcance de un productor, un técnico, un estudiante o una institución, con la sola ayuda de un teléfono. No reemplaza el criterio de quien conoce el monte —al contrario, lo potencia—, pero le da algo que antes no tenía: la posibilidad de decidir con datos, en el mismo instante y lugar en que se toma la decisión.
El monte del Chaco, y el de tantas otras regiones del mundo, no necesita que lo dejemos intocado ni que lo arrasemos. Necesita que lo manejemos con inteligencia. Y para eso, a veces, alcanza con una buena idea y una herramienta sencilla en el bolsillo.
La aplicación Remanente es gratuita y se descarga desde la tienda de aplicaciones de los teléfonos y tablets Android. El acceso a la app, la guía de uso y los trabajos donde se publicó el método se reúnen en
https://linktr.ee/elmonteproductivo.Consultas:
