Gorbachov: en conflicto por las pasteras “Todos tienen que salir ganadores”
Enarbolando el término “perestroika”, Gorbachov, literalmente cambió los equilibrios desde su cargo de secretario general del Partido Comunista de la URSS. Hoy lidera una ONG ambiental que tiene en su agenda el caso de Botnia
HERNÁN REYES ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR DESDE GINEBRA
En 1966, tuvo un sueño que lo marcó: caía en un profundo pozo negro en medio de la noche, hasta que tuvo la fuerza para levantarse y salir. Su mujer y gran compañera de toda la vida, Raísa, fallecida en 1999, le dijo que aquello era el presagio de que iba camino de ser “un gran hombre”. Y el instinto no le falló.
Enero de 2010. Más de 40 años después, poco ha cambiado, y Mijail Sergeyevich Gorbachov sigue siendo aquel “gran hombre” responsable de timonear el fin de la Unión Soviética, uno de los hitos que más influyó en el mundo de la posguerra. Pese a que formalmente abandonó su cargo el 25 de diciembre de 1991, aún todo el mundo lo llama “Mr. President”. Con un andar lento y pausado, de estadista, sin perder la elegancia, Gorbachov se dirige hacia uno de los salones del exclusivo hotel Metropole, en Ginebra, donde tiene lugar el primer encuentro con El Observador, en medio de la asamblea bianual de Green Cross, la ONG ambiental que fundó en 1993 y de la cual es presidente honorario.
Comienza por el cambio climático. Convertido en un “rojiverde”, según admite, por sus preocupaciones ambientales que conjuga con su vuelta a la participación en la política rusa, Gorbachov tomó con desagrado lo acontecido hace un mes en Copenhague. “Fue decepcionante, sin dudas. Pero esta cumbre siempre pretendió ser una medida de transición. Lo importante es demostrar que de a poco el tema ambiental y de los efectos del cambio climático está entrando en la agenda de los líderes de opinión a nivel mundial”.
¿Y cuál sería entonces el próximo paso?
“Lo más importante, conseguir que den fondos (lo dice un poco en broma, confirmando la fama sobre su sentido del humor a prueba de años en el poder). Debemos lograr que los hombres de negocios trabajen junto a nosotros. Ellos también quieren vivir en un mundo mejor”.
Más balances de la cumbre, en tono optimista ahora: “Hubo más de 100 jefes de gobierno, eso es algún cambio. No debemos hablar de Copenhague en términos despectivos. Los resultados no fueron los esperados pero debemos ver qué ocurre a partir de ahora. Necesitamos aplicar mejores políticas de gobierno, a nivel local y global”.
Uno de esos temas comunes que nombra es el relativo al desarme mundial. Recuerda que hace 25 años, cuando la guerra fría era el paradigma que regía las relaciones entre las dos superpotencias de entonces, se reunió en esta misma ciudad con Ronald Reagan para dar los primeros pasos en pos de un desarme, que pese a que terminó siendo gradual redefinió las estrategias militares de Occidente y Oriente. “En ese punto es necesario seguir con la eliminación de las armas de destrucción masiva y nucleares”.
Pero hay más: “También hay problemas específicos de cada país que deben ser resueltos en particular: en algunos, agua; en otros, la polución. Pero además es necesario que todos trabajemos juntos para poder terminar con los problemas comunes”.
Gorbachov sigue. Puede que sea el idioma que le da vehemencia, pero con la fuerza que parece poner en cada una de sus palabras demuestra que su preocupación, a esta altura, excede lo ambiental. El hombre-artífice del reencuentro Este-Oeste aparece ahora preocupado por un acercamiento que achique la brecha entre desarrollados y no desarrollados, con severas críticas al paradigma económico actual: “Han dejado de ser creíbles las excusas y los pretextos para no pasar a la acción en materia medioambiental, y las afirmaciones de que hay problemas más importantes. Si fracasamos en este problema, fracasaremos en todos los demás. Tenemos que ver que todas las últimas investigaciones científicas sobre el cambio climático son extremadamente alarmantes. Es una emergencia verdadera”.
¿Por qué está sucediendo esto?
“Creo que por muchas razones: la inercia del modelo económico existente, basado en beneficios demasiado grandes y un consumo excesivo; el fracaso de los líderes políticos y empresariales a la hora de pensar a largo plazo, y la preocupación de que reducir las emisiones de carbono desarrollará por debajo de sus posibilidades el crecimiento económico”.
“No hay que pelear”. Pero el sueño que Raísa vio como premonitorio no es la única experiencia “mística” en la carrera del líder. Sigue con una historia poco conocida sobre la fundación de la ONG. Durante un encuentro en Kyoto, en 1993, cuando recién había terminado de cristalizar la idea de Green Cross en su cabeza, Gorbachov miró fijo a un amigo, el rabino Abraham Soetendorp, y le preguntó: “Dime con el corazón, ¿debemos fundar Green Cross”. La respuesta del rabino fue un sí rotundo. Sus caminos volverían a cruzarse en Ginebra durante la estadía.
Esa convicción de hombre de fe, pese a que se declara ateo, lo lleva a un claro pronunciamiento de solidaridad y respeto hacia las víctimas del terremoto de Haití, en donde no pierde la oportunidad de volver la carga por la que considera la “madre de todas las batallas”: “La tragedia sucedida allí es un punto importante para recordar que quedaron cosas pendientes por resolver en Copenhague, si bien el terrible terremoto acontecido allí no es consecuencia directa del cambio climático. Hay que trabajar duro cuando se dan desastres naturales como el sucedido en Haití”. Dijo que hay que tener en cuenta que Haití es “uno de los países más débiles del mundo.
El primer día de charla se va terminando. Pero Gorbachov no quiere despedirse sin un último concepto: “No hay que pelear. Me gusta este tipo de atmósfera, como la que se vive en esta asamblea, sin confrontaciones. La cooperación, la interacción son los caminos para resolver los problemas”. Los años le han acentuado el carácter conciliador, el mismo que fue moldeando con experiencias como la reunificación alemana, o en procesos como la disolución, pacífica, del ex bloque comunista, sin sacar los tanques rojos a la calle. “Pudimos haber tenido una tercera guerra mundial de habernos manejado de otra forma”.
Más tarde recibiría con agrado y buen humor las preguntas referidas al conflicto por Botnia.
Ya son las 9 de la noche en Ginebra, y las luces de las principales tiendas de moda iluminan una noche fresca con poca gente en la calle. Dentro del hotel, un Gorbachov más distendido saluda a algunos amigos. El hombre de hierro que tuvo bajo su poder una de las dos superpotencias más grandes del mundo entre 1985 y 1991 y que desactivó la bomba de tiempo que significaba un vastísimo imperio en tensión interna y con Occidente, se pasea ahora con un vaso de jugo de naranja y habla de lo importante de dejar la casa en orden –como le dice al planeta– a las próximas generaciones. Se apoya hombro con hombro con Soetendorp y dice: “Debemos dejar la puerta abierta al futuro a todos los chicos”.
Tribulaciones de un ruso fuera de Rusia. Perestroika, su libro de 1986, clave para entender las bases de las reformas que impulsó en la Unión Soviética durante su gestión, comienza con la frase: “Queremos que nos comprendan”. Un cuarto de siglo más tarde, la reconfiguración del mapa político mundial sucedida tras la caída del muro aún no cambió su parecer: “Los británicos, los norteamericanos... quieren que seamos como ellos. Pero esa no debería ser una exigencia de nadie, nosotros nunca les pedimos a los demás que sean como nosotros. Sabemos que a nosotros todavía nos queda camino por recorrer hasta la total implantación de ciertos valores universales como la democracia y la libertad, y podemos ser bastante críticos con nuestro país. Pero todavía hay algunas personas para las que Rusia es un problema, lo cual es un disparate”.
Es casi un lugar común decir que es más reconocido fuera de su país que adentro. Eso de que “nadie es profeta en su tierra” parece adecuarse. ¿Su vuelta a la presidencia de Rusia? Su última experiencia no fue del todo buena: sacó un bajo porcentaje en las elecciones presidenciales de 1996. Pero por ahora, dice, además del activo rol en Green Cross, piensa seguir trabajando en su fundación y en el Partido Demócrata Independiente de Rusia, que fundó en el mes de setiembre de 2008 junto al multimillonario Alexander Lebedev. Juntos poseen además el 49% del periódico Novaya Gazeta, el diario desde el cual se balancean más cerca de la crítica que del apoyo al tándem Putin-Medvedev.
Gorbachov reconoce el rol importante de los medios en la sociedad de la información, y pide su colaboración en la pelea por el cambio climático.
“Que todos salgan ganadores”. Día 2 de la entrevista. El escenario es ahora su suite en el segundo piso del hotel. De cara al exquisito lago Lemán, a cuyo alrededor los rastros de nieve delatan el paso del temporal que mantuvo en vilo a Europa durante días, y que incluso obligó a cerrar el aeropuerto de Ginebra antes de su llegada.
El tema ambiental que retomamos de manera informal desemboca, de manera obligada, en su ONG, y en los conflictos que monitorea. Green Cross Argentina viene trabajando hace varios años en estudios de aire y agua –la única organización en tomar en cuenta las dos variables– en las cercanías de la planta de la ex Botnia, hoy UPM.
Incluso hubo en algún momento negociaciones para que el propio Gorbachov mediara en el conflicto, y su delegada en Argentina ha acumulado miles de kilómetros dando conferencias para tratar de encontrarle una salida al conflicto. Bien informado sobre las últimas novedades, incluida la reunión entre el presidente electo José Mujica y la mandataria argentina Cristina Fernández, Gorbachov, con amplia experiencia en eso de acercar posiciones y negociar hasta que las velas no ardan, sentencia: “Lo importante es que todos tienen que salir ganadores”.
“Es un primer paso importante, después de todas las dificultades que ha habido, ahora resta que se termine el conflicto y hacer una inmersión conjunta en el agua”, dispara entre risas con la ayuda de su histórico intérprete Pavel Palazhchenko, que lo siguió como una sombra durante los tres días compartidos en Ginebra.
Es sabido que Gorbachov no habla inglés y se maneja exclusivamente en ruso –al menos en público–, un gesto político, más allá de todo, con el que se acerca a su Rusia natal. Durante las audiencias públicas del encuentro, Pavel, sentado en la cabina de traductores, le traducía las conferencias, mientras un Gorbachov, elegante pese a todo, lucía por momentos los auriculares al revés, bajo la barbilla.
Aprovecha la situación de una posible aunque lenta salida al conflicto para narrar una anécdota sobre la importancia de tomar este momento crucial con calma: “Un pueblo que tenía bloqueado el acceso a un río, esperó pacientemente para poder meterse en él. El problema es que la solución llegó en marzo, en los meses duros del invierno. Pero la alegría era tan grande, que se metieron igual, con temperaturas bajo cero”.
Sus colaboradores hacen señas gentiles avisando que lo esperan para seguir con la asamblea. Bajamos en el ascensor y, cuando uno piensa que está a punto de soltar un saludo en inglés, mira a Pavel, le pronuncia una oración en ruso y su intérprete traduce: “Hasta luego”.
Diario EL OBSERVADOR - Montevideo - URUGUAY - 23 enero 2010